Mi colega el pescador

Por la tarde me he ido con la bici, esta vez a Bream Bay, playón infinito en el que no había ni un ser humano a la vista. Estaba ya en el séptimo sueño de una deliciosa siesta playera cuando me despierta a voz en grito un tipo aparecido de la nada, y me dice que me vaya a pescar con él. Todavía estoy empanado de la siesta pero le digo que sí, que vale, y nos montamos en su todoterreno para volar por la arena hacia una zona igual de desierta pero mejor para pescar, según me cuenta mi nuevo e inesperado colega.


Steve, neozelandés, 40 años, padre a los 18, casado desde entonces, pintor hasta los 30 en la empresa de su primo y dueño de su propio negocio de pintura desde hace 10 años. Y le debe ir de cojones, porque su todoterreno cuesta 60.000 dólares, tiene una casa de vacaciones en Paihia con su propio amarradero y se ha dado el capricho de autoregalarse un “torpedo” por Navidad. Como su propio nombre indica, el torpedo surca el agua bajo la superficie marina arrastrando una cuerda de nailon a la que se enganchan los anzuelos.

Le ayudo a montar el dispositivo poniendo un trozo de pescado crudo en cada garfio, y después me pide que controle la velocidad de la cuerda mientras él suelta el aparato en el agua. Lo deja una hora en lontananza con su banderita naranja como un puntito invisible, y mientras esperamos nos contamos nuestras vidas. Alucina con que vaya solo por el mundo, él se considera incapaz, y yo alucino con que me haya despertado en mitad de una playa desierta, me meta en su coche, comparta la mitad de su almuerzo, me cuente sus preocupaciones vitales y me pida que conduzca su coche de 60.000 dólares para alejarlo del agua, porque está subiendo la marea. Termina ofreciéndome curro de pintor en su empresa.
Devolvemos el torpedo a tierra y le ayudo a quitar todas las algas adheridas a la cuerda. Recojo los anzuelos y cuando destripa a los dos únicos peces que hemos trincado me pide que les meta los dedos en la boca y me los lleve a lavar al mar. Hecho.
¿Quieres irte ya o hacemos otra tirada? Yo estoy guay, por mí genial. En esta pescamos seis hermosuras de floenders (platijas, y esto se lo he tenido que preguntar al Dr. Google, claro), y cuando terminamos de recoger todo el chiringuito está lloviendo con ganas. Metemos mi bici en la nave espacial y me deja en la puerta de casa, con un pescado de medio metro en cada mano.

Alice, la mujer de mi casa, no da crédito. Sale a darle las gracias por traerme -estaba preocupada por mí-, y según entramos a la cocina me urge a que le cuente la historia de cómo han llegado esos dos pescaditos a su nevera. Cosas de Nueva Zelanda, le digo.
Los cocinamos al horno en la cena del día siguiente, donde además tenemos tres invitados ingleses, que se deshacen en alabanzas hacia mi deliciosa aportación gastronómica y pericia en las artes pescatorias. Yo solo estaba echándome una siesta en la playa, señora.

En la noria de la vida

Una vez abajo y otra arriba. No estoy pasando mis mejores momentos. Las últimas dos casas en las que he currado me han aportado bastante poco y voy notando lo que una gran amiga ha definido como la rutina viajera. Ya son cinco meses danzando por el mundo, a toda tralla, y aunque aún no he petado mi barrita de energía está ya por el amarillo tirando al rojo. Necesito un respiro y, sobre todo, un cambio. Uno grande.
Pero si algo me ha enseñado la experiencia neozelandesa es a esperar los cambios de forma vertiginosa. Si no te gusta el tiempo que hace solo espera cinco minutos. Y si las cosas no marchan bien solo espera a lo que venga después. Y échale una mano. 

Regresé a la Isla Norte porque va a llegar el frío invierno al hemisferio sur, pero tardará más y será más leve en Northland, la gran península al norte del norte. Aunque parezcan palabras antiespañolas, me apetece trabajar. Rectifico -porque currar llevo currando todos estos meses- me apetece currar de lo mío. Tengo mono de ordenador, de cámara, de imágenes, de ediciones y postproducciones. Encontré un Helpex con un fotógrafo y film maker, y le propuse mis servicios a cambio de vivir en su casa y de su nevera. 


La escala en Auckland me reunió de nuevo con Aurora y Sergio, los españoles a los que conocí tres meses antes en Coromandel y con los que he mantenido contacto todo este tiempo. Me invitaron a cenar a su casa, comida española deliciosa a base de ensaladilla rusa y albóndigas –que gozada- y ¡servilletas en la mesa! Viva la madre patria. Y vivan ellos dos, que me alegraron lo que iba a ser una obligada escala en la ya vieja –para mí- y gris Auckland. Al día siguiente me recogieron en su coche y nos fuimos a los alrededores alegres, verdes, luminosos y playeros de la bella Auckland, la que se aleja del centro. Después de comer me dejaron en el bus que me llevaría a Waipu, mi nuevo hogar, con mi nueva familia de acogida temporal.


El documental sobre Pakistán


¿Como coj... has terminado montando un documental sobre Pakistán en Nueva Zelanda? Me preguntó mi amiga francesa Marjo.

Peter estaba en Nepal con la que hoy es su esposa -y a la cual se declaró en aquel viaje- y al cruzar la frontera con Pakistán se dió de bruces con un camión decorado hasta el punto extremo de crear una obra de arte. Se quedó prendado de aquella desconocida expresión artística, y desde entonces ha vuelto cuatro veces para fotografiarlos y filmarlos, y ahora ha montado una exposición en Auckland y Wellington con todo su material gráfico. Pero de montaje no tiene mucha idea, así que se le abrió el cielo de par en par cuando recibió mi email.
El curro ha sido lo mejor de mi estancia de nueve días en su casa, donde cada día me he encontrado más cómodo con una familia muy agradable. La zona y la experiencia en sí no me han aportado mucho a nivel viajero, pero levantarme cada día a currar en Photoshop y Final Cut me motivaba hasta el punto de hacer horas extras a pares por voluntad propia. El tío llegó a ofrecerme dinero por mi dedicación, dinero que rechacé, pues no es lo que había venido a buscar.


Waipu Waves Radio


Peter colabora en la radio local, tiene un programa de música los jueves de 7 a 9 y me pidió que participase esa semana. Además de entrevistador -sobre Pakistán- y entrevistado -como español que viaja por Nueva Zelanda montando documentales a cambio de una cama y un plato de sopa-, tenía que hacer una selección de música española, y a cada tema debía añadirle una historia anecdótica que contar.
Leiva -de Pereza- fue mi rival futbolístico cuando éramos tan altos como Snoopy, el atraco que sufrió el jefe Sabina en su Pacto entre caballeros, la vuelta a los escenarios de los Hombres G. Serrat y su Mediterráneo. Julito y su Soy un truhán soy un señor. Solo los más exquisitos tuvieron su momento de gloria en la frecuencia modulada de la otra punta del planeta, y durante un par de horas el espacio aéreo en las Antípodas se llenaba con Mecano, Loquillo, Celtas Cortos y Café Quijano.

Kaikoura


“El woofing es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te puede tocar”. Acuñada por mi amiga Marjo, rememorando al filósofo Forrest. Woofing es lo mismo que HelpX, trabajar en casas y granjas por comida y alojamiento. Ella y su novio Nico son los franceses que conocí en la escuela de surf, y acaban de salir por pies de una casa en la isla norte. Iban para dos semanas y se han marchado a los tres días.
Yo suelo escoger mis woofings por distintas razones. Unas veces por lo que me pueda aportar la experiencia, otras veces porque hay más woofers y me apetece conocer gente, y otras porque quiero visitar un lugar en concreto. Aterricé en Kaikoura porque es la única zona de la Isla Sur que me quedaba por explorar, y todo el mundo me había dicho que era un pueblecito de playa encantador. 


Me busqué una casa donde poner en práctica mis demandadas aptitudes de jardinero, y me instalaron en un apartamento adosado al garaje, con mi cama gigante, saloncito y una nevera llena de comida, pero sin cocina y sin baño. Así que para esos menesteres tengo que cruzar los veinte metros de jardín hasta la casa familiar. No es que sea un gran inconveniente, pero ahora tengo cervezas en la nevera –por fin- y a las 5 de la madrugada no me apetece vestirme y caminar en la oscuridad para echar una caña. ¿Qué haría McGiver? Fabricarse un meadero con desagüe exterior a base de pajitas de los refrescos. ¿Qué hace un mundanal español? Vaciar el bidón de leche en una jarra y usarlo como orinal. Cinco usos exactos. Excelente.
Mi relación con la familia se reduce a Robyn, la señora de 72 años que me encarga los trabajos. Muy relajados. Un día le pinté el porche -de negro las vallas y de verde las vigas- otro día desatasqué los canalones que estaban llenos de hojas y ramas, y cuando se puso a llover y no podía hacer nada en el exterior me mandó al restaurante de su hija a echar una mano. Para una casa en la que no me había tocado fregar. Toma. Y lo malo es que lo había pedido yo, empeñado como estoy en probar cosas nuevas de todos los colores. Me hacía ilusión entrar en la rebotica de un restaurante y ver cómo funciona por dentro.
Evidentemente no me llevaban allí para hacer tortillas. Fregué más cacharros que en toda mi vida junta, pero la verdad es que se me pasaron las horas volando y fue una experiencia bastante interesante. Por novedosa, supongo, ya imagino que una semana seguida de fregar doscientos cacharros en tres horas no me resultaría tan grata. Lo mejor fue echarle un ojo al trabajo del chef, un chico joven y poco hablador, con gran capacidad para sacarlo todo adelante él solito sin el menor estrés. Mi momento estrella fue cuando me pidió que le echara una mano rellenando los platos de carne con la guarnición de patatas. Qué fácil es a veces ser feliz.
Poco a poco me he ido adaptando al extraño entorno y ahora me encuentro más feliz que una perdiz. Dexter ha vuelto a mi vida con fuerza y alegría, especialmente en los días de lluvia, y cuando el tiempo acompaña suelo quedar con Juan, un chaval de San Sebastián que anda trabajando con una beca en este remoto lugar del universo. Con él y con Jacqueline, su compañera de piso americana, pasé el día de San Patricio en los bares de Kaikoura, en una buena velada cervecera. Porque la verdad es que este pueblo no tiene mucho más que eso. Una calle llena de bares y restaurantes en ambas orillas de la carretera, los tours de avistamiento de ballenas y para de contar. Las montañas a un lado y el mar a otro, lo cual le vale el apelativo de encantador en los días soleados. Si además tienes la suerte de que haya nieve en las cimas la postal es preciosa.

Angelus


Mi estancia en casa de Tony pasó sin novedades reseñables. Y es que lo que antes era tremenda novedad ya se ha convertido en algo corriente. Hacha, pico, pala, carretilla. Y fregar los platos, por supuesto, de eso no me libra ni San Pedro. Lo he hecho absolutamente en todas las casas en las que he estado. Si me viera mi madre. El cachondo de Tony me dijo en la primera cena “en esta casa solo hay una regla: el que cocina no friega”. Debía ser una regla interpretable al gusto, porque he cocinado varios días y también me ha tocado fregar.
Como labor novedosa la de fumigar la jungla. Novedosa y tortuosa, porque es un bosque inmenso en el que los espinos se han hecho amos y señores del mundo vegetal y crecen por centenas alcanzando alturas de hasta tres metros. Y allí estaba yo, como un cazafantasma, con mi mochila de veneno en la espalda y mi pistola de aspersión en la mano, dispuesto a liquidar todo engendro espinoso que me encontrase.
Tardes de asueto al sol con vistas al mar, retomando mis estudios autodidactas del idioma deseado. Libro en una mano y boli en la otra voy ampliando la lista de vocabulario tanto en significado como en fonética. Lo difícil es acordarse después de la palabrita cuando tienes que emplearla en una frase. Mi cerebro no gira a la velocidad necesaria, y suelo encontrar dicha palabra al cabo de las horas, con suerte, porque en la mayoría de los casos solo la recuerdo cuando vuelvo a repasar las hojas.


Nelson Lakes

 

Siempre suelo ponerme un margen de días entre una casa y otra. Si me está gustando intentaré quedarme más tiempo, como me pasó en la escuela de surf. Si no me aporta gran cosa me busco un plan alternativo. Este era el caso, así que tiré de mi interminable lista de lugares pendientes de visitar y decidí hacerme otra rutita montañera.


El israelí con el que compartí cabaña en la Caples Track me dijo que la mejor ruta que había hecho en Nueva Zelanda era la Angelus Hut, en el Parque Nacional de los Lagos de Nelson. Me busqué un coche gratuito y volví a Christchurch a recogerlo, para entregarlo dos días después en Picton. Tiempo exacto para hacer esta excursión de dos días, situada justo en medio.
En el camino recogí a un londinense que estiraba el pulgar, empeñado como estoy en devolverle al mundo del autostopismo lo mismo que me ha dado. Me han recogido cinco veces y yo he recogido dos, de modo que aún tengo tres en el debe. Andrew, un tío majo, muy viajero y muy futbolero. Se había recorrido medio mundo mochila a la espalda, y me puso la cabeza como un globo con nuevos destinos, nuevos viajes y aventuras. Como si me hiciesen falta alicientes.
Dio la casualidad de que íbamos a hacer la misma ruta, así que nos la hicimos juntos, poniendo a parir a Fernando Torres, a Mourinho y repasando pasado y presente futbolísticos. Mientras tanto ascendíamos tranquilamente hasta la cuerda por la que discurre el camino, con vistas panorámicas en todas direcciones de principio a final. Este es el gran atractivo de la Robert Ridge Track, que siempre va por encima de la línea de vegetación, lo cual se agradece después de atravesar infinitos bosques neozelandeses en cada ruta que hago.
A nivel montaña la verdad es que Nueva Zelanda no me ha impresionado demasiado. Rutas muy bajas, muy planas, muy poco aventureras. Diseñadas para todos los públicos. La Angelus Hut se sale de este diseño manteniéndose siempre en las alturas, con la gran recompensa final de la llegada al refugio, situado entre lagos de alta montaña. Muy bonito. Me ha recordado mucho a los Picos de Europa, aunque aquellos me gustan más. En general la montaña española le da dos vueltas a la neozelandesa.


El retorno lo hice por mi cuenta porque Andrew quería subir al pico más alto de la zona, pero yo no tenía tiempo ya que debía devolver el coche esa misma tarde en Picton. Decidí tomar la ruta Speargrass, que baja por el valle, donde no me encontré una sola alma en las cuatro primeras horas. Y no me extraña. El camino desaparece veinte veces, va cambiando de un lado del río al otro y tienes que vadearlo a ciegas, atraviesa zonas pantanosas que hay que superar haciendo equilibrios sobre troncos hundidos en el barro, y al final es tu bota la que termina haciendo la función del tronco, con el lodo hasta la pantorrilla. Una gincana.
Tan largo y dificultoso fue que al llegar al parking me encontré de nuevo a Andrew, que había tomado el mismo camino del día anterior, y había llegado antes que yo. Nos dimos los teléfonos y los emails y quedamos en vernos otra vez en algún momento por el mundo.

Aves de paso

Es un título duro, por lo que implica. Uno de los daños colaterales de viajar solo, sin rumbo fijo, errante. Nómada.
Me marché de la escuela de surf en el coche de la pareja de franceses, Nico y Marjo, junto con la chica americana, Kaylie. Los cuatro habíamos hecho excelentes migas y según pasaban los días redoblábamos confianza, llegando al punto mágico del vacile constante. Fueron tres días de volver a sentir la cercanía de un grupo de colegas, con los que te sientes bien y con los que te gustaría pasar mucho más tiempo. Pero al final cada uno tiene que seguir por su camino. Kaylie se quedó en Monte Cook, y Marjo y Nico me llevaron hasta Christchurch, donde nos despedimos.


En Christchurch tenía el contacto de una chica de Santander. No la conocía, pero tenemos un amigo en común en Wellington y el simple hecho de ser españoles en la otra punta del planeta ya nos conecta. Quedé con Irmana y sus amigos esa misma noche de sábado y nos fuimos a tomar unas cervezas. Una gozada volver a conversar en español, relajar el cerebro, hablar sin traducir, poder ser tú mismo porque tienes acceso a todas las palabras que quieres expresar. Al día siguiente volvimos a vernos para ir a ver una obra de teatro en un parque, y volvimos a juntarnos unos cuantos. Un chico boliviano majísimo, una chica argentina majísima y la chica de Santander. Majísima. Forman un grupo que me produce cierta envidia sana, al verles llevar una vida asentada en la que son su propia familia.
Me gusta mi rollo viajero de no dejar de moverme, de experiencias nuevas cada semana, conocer gente diferente, andar de un sitio para otro y no parar de descubrir. Pero hay veces que es duro y cansado, y cuando tienes tus pequeños momentos de nostalgia lo que más se añora es la cercanía humana. Poder sacar el móvil del bolsillo y quedar en cinco minutos con tu colega para tomar una birra y deciros las burradas ofensivas de toda la vida, y que siempre provocan unas risas.
La rutina me mata, me aniquila. Por eso sé que solo son flashes pasajeros de melancolía. En seguida estoy haciendo nuevos planes que siguen llenándome la cabeza de ilusión y de entusiasmo y que pesarían mucho más que la añoranza si me asentara en un solo lugar. Todavía no. Todavía queda por disfrutar de esta increíble etapa de libertad absoluta, de tomar decisiones sobre la marcha, de abordar cada semana un destino incierto y convivir con nueva gente desconocida.


Ahora estoy en casa de Tony, un neozelandés de 55 años que vive con su perro de tres patas en un acantilado con vistas al Océano Pacífico. La propiedad es enorme, y la casa espectacular, pero aquí hace falta una mano femenina como el comer, o cinco ayudantes como yo. Hay trabajo para aburrir, especialmente en el jardín. Mis tareas hasta el momento han sido cubir el patio de gravilla, fumigar el bosque -más bien la selva- y recopilar toda la leña que iba encontrando por la parcela. Como es gigantesca Tony me enseñó a manejar el quad en medio minuto y por fin he podido motorizarme a los mandos, después de varios tanteos como paquete.
Y por las tardes relax absoluto. Me tiro en una de las tumbonas del porche con mi libro en inglés e intento exprimir mi escaso cerebro disponible para dar cabida a nuevas palabras con su correspondiente maldita fonética. Es un buen sitio, muy agradable para pasar unos días. Pero el cuerpo ya me está pidiendo acción otra vez, movimiento. Con tanto tiempo libre se me colapsa la mente con nuevas ideas, y el Dr. Google está siempre atento para avivar las llamas de la imaginación.

Surfing!

El surrealista episodio de autoestopismo


Otra vez con el dedito extendido. Y no es por vicio, es que hay ciertos lugares a los que no llega un solo autobús, no hay otra manera de acceder que en barco o coche, y el mío está aparcado a 20.000 km de aquí. Así que me pongo a merced de la caridad humana. Una hora de espera sobre el asfalto, hasta que por fin paró un amiguete. Un titán, diría yo. 
El mismísimo Al Bundy, el más grande entre los grandes. El actor que también hace de abuelo en Modern Family, en otra interpretación magistral, pero para mí siempre será Al Bundy, el mítico vendedor de zapatos de Matrimonio con Hijos. El colega se llamaba Paul en realidad, pero su parecido con el actor Ed O´Neil era espectacular, con su misma pachorra, los andares y las caras de quedarse pasmado. Un granjero ya retirado, con seis hijos y muchas vacas. Cuando me recogió paró el motor y nos quedamos diez minutos en el arcén mientras se terminaba el pastel de carne que se estaba zampando, y rebuscaba en los entresijos de su memoria las palabras de español que un día aprendió en la escuela nocturna. El tío estaba encantado con sus chapurreos, y yo le daba coba hablándole bien alto y claro, para que se viniese arriba.

Daba la casualidad de que Paul tenía que ir también a Curio Bay, mi destino final, pero no inmediatamente, sino por la tarde. Primero pasamos por su granja. 700 vacas en no sé cuantos acres me dijo que tenía, pegaditos al mar. Allí estaba su mujer, que me ofreció una bebida y sacó unos bollitos caseros, y el propio Paul me dio la mitad de su bocadillo vegetal para comer. Remarco que nos habíamos conocido media hora antes mientras hacía autostop en la carretera entre Invercargill y los Catlins, en el extremo sur de la isla sur de Nueva Zelanda. Más allá solo está la Antártida.

Paul me pidió que saliera con él a echarle una mano con un par de trabajillos que tenía que hacer con sus vacas antes de irnos. Como un dejavue de mi etapa en la granja deHawkes Bay, me vi de nuevo montado en el quad, con un perrito de tres meses llamado Jake subido en mis piernas, reuniendo el ganado para trasladarlo de un campo a otro. Paul conducía, me aparcaba a un lado del prado, me daba una vara para parecer más grande, y me mandaba avanzar desde la retaguardia mientras él presionaba con el quad por los flancos. De esta forma íbamos pasando las manadas de vacas de prado en prado.
En uno de esos viajes me preguntó por mis planes para la semana siguiente, cuando terminase mi trabajo en Curio Bay, porque quería tenerme en su granja unos días de ayudante, si me interesaba. Le dije que bueno, que ya veríamos, que me pillaba así un poco flipando con el asunto. 

Subimos al coche con su mujer, y de camino me pararon en una playa con un faro, Wapipapa Point, para enseñarme los leones marinos que andan allí tirados al sol, y tú te paseas por la playa, su playa, con los bichos a siete metros escasos echándose arena por el lomo. Y una vez llegados a Curio Bay me preguntan que dónde me dejan, les digo la dirección y resulta que su casa de veraneo está a veinte metros de la mía. Ahora somos vecinos, aunque en un par de días se vuelven a la granja. Me dio su teléfono, quedamos en llamarnos y me quedé en el jardín de la casa de Nick, mi anfitrión para esta semana.


La escuela de surf


Pues resulta que me puse en contacto con Nick porque me atraía mucho este lugar, los Catlins, famosos por el avistamiento de fauna marina, especialmente delfines y pingüinos. Su escuela de surf parece ser que es bastante popular, y al primer e-mail me contestó que estaba hasta arriba de helpers para todo el verano y no había sitio para más. Como había visto en su web que hacían algunos trabajos de filmación volví a la carga ofreciendo mis expertas habilidades fílmicas. Se interesó ipso facto, y me propuso quedarme una semana a cambio de montarle el vídeo de su escuela de surf. Perfecto. En lugar de pala y carretilla, ordenador y surf a cambio de alojamiento y cenas.


El tema es que mi portátil es un poco más que un notebook, pero no deja de ser una cafetera, ni de coña sirve para editar video, y mucho menos en alta definición. Tras un tira y afloja en el trato finalmente quedamos en que podía usar su Mac Book Pro si yo me encargaba de instalar el software. Software que no tenía, claro. Como todavía estaba en la casa de Queenstown con internet de alta velocidad me descargué todo lo que encontré “gratuito” para Mac, y le puse un par de velas a San Pancracio para que fuese suficiente.
Trabajaría y viviría en mi propia casita, un apartamento en una parcela aledaña, totalmente independiente, con su saloncito, cocina y dormitorio. Genial. Segunda línea de playa, en la bahía Porpoise, un lugar espectacular. Tengo que suministrarme desayunos y comidas por mi cuenta, pero la cena es en familia, con Nick, su novia japonesa y algún woofer más que hay por aquí.

Esa primera noche me dijo que si quería acoplarme a la clase de surf del día siguiente. Ya te digo, como un clavo me vas a tener ahí. ¿A las 9? Mejor ven a las 8, y me ayudas a prepararlo todo. Y así fue, a las 8 am estaba cargando tablas de surf bajo el brazo desde el cobertizo del jardín hasta la playa. Mi primer escarceo con el paracaidismo fue en Cairns, en inglés australiano. Mi primera clase de buceo también en Australia, y ahora recibía mi primera clase de surf en neozelandés. Cojonudo. Aquí al menos es más difícil morir por no haberte enterado. Éramos doce en el grupo, de pie en la arena, atendiendo con los cinco sentidos mientras Nick nos ilustraba en los pilares básicos del surf. Gracias al neopreno las malditas sandflies no nos devoraban vivos, y aún así había que enterrar los pies en la arena para que no te los comiesen.


En diez minutos ya estábamos a remojo. Hora y media de práctica en la que conseguí mantenerme en pie dos o tres veces como mucho. Más torpe no se puede ser. Y para colmo había un tío grabando imágenes para mi vídeo, el que tengo que montar, y ahora me veo cada día haciendo el paria y cayendo de la tabla una y otra vez. Y en HD. Lecciones de sur en una playa brutal con animales en libertad. Mañana voy a intentar meter mano en la grabación, porque aquí hay potencial de medios y de imágenes, pero hay que organizarlo. 

Los delfines nadaban por allí tranquilamente, casi al alcance de la mano, colándose entre nuestras tablas mientras esperábamos las olas. Momentazo para enmarcar. Se les puede ver a cualquier hora del día, a escasos treinta metros de la orilla, con su aleta dorsal redondeada sobresaliendo mientras nadan. Son los delfines Héctor, los más pequeños del mundo, una especie de la que solo quedan 4000 ejemplares, todos ellos en las costas de Nueva Zelanda.

Entre delfines

Recuerdo que tenía mis dudas respecto a este lugar. Estuve a punto de cancelarlo, algo me daba mala espina y tenía otra oferta en una casa en las montañas. Tal vez fueran las escuetas contestaciones que recibía a los mails, sin respuestas concisas, sin referencias claras de las fechas de mi estancia ni los términos del acuerdo. Como desinterés. Pero se trataba de pasar una semana montando el video de una escuela de surf en lugar de cavar zanjas en un jardín o cargar piedras en una carretilla. Así que decidí venir, plantarme de nuevo sobre el ingrato asfalto con mis maletas y hacer autostop para llegar a la remota región de los Catlins. En buena hora.

Hacemos surf todos los días. Supongo que se puede decir así, pero la expresión correcta en mi caso sería que todos los días intento subirme a la tabla y mantenerme en pie al menos unos segundos mientras una ola me arrastra hacia la playa. Después de mi primera clase debería haber seguido entrenando por mi cuenta, como los demás, pero Nick me ha llevado a dos clases más. Yo creo que me ha tomado como su proyecto personal. Hay días que me dedica más tiempo que a la gente que está pagando la clase. Debo de ser como un reto para él, como profesor de surf va a conseguir que suba a esa tabla aunque me tenga que tirar aquí tres meses. Lo consiguió al tercer día, después de comprobar que era uno de esos casos especiales en los que a pesar de ser diestro tengo que llevar el pie derecho por delante. Un goofy, como en el snowboard, pero ya no me acordaba. Y hasta que lo descubrimos me llevé porrazos al agua de todos los colores.

El caso es que me lo pasaba como un enano cayendo a plomo en cualquier postura absurda, y ahora que soy capaz de mantener el equilibro todavía hay veces que cojo olas imposibles solo para que me metan un buen revolcón, y salir de nuevo a flote desconcertado entre la espuma, escupiendo agua sin saber en qué dirección está la playa ni en qué día vives. Hoy han sido tres horas surfeando, con los delfines siempre de compañeros, tan cerca que no te lo puedes creer. Parece que quieren que los acaricies. Tres horas surfeando con Kaylie, Nico y Marjo, los otros tres ayudantes que tiene Nick repartidos entre su casa y el camping.


Llevaba mucho tiempo buscando recalar en un lugar con más helpers, y por fin los he encontrado aquí. Una chica americana y dos franceses. Los cuatro formamos una pequeña piña, y cada día estrechamos más los lazos. Es la gran diferencia entre conocer gente en los backpackers y convivir con gente en un mismo lugar durante un par de semanas, trabajar juntos cada día y pasar gran parte del tiempo libre en común. Así se hacen grandes amigos. Con ellos es muy fácil, porque son geniales.

Un día las olas eran demasiado grandes para principiantes, y los jefes se fueron a surfear al final de la bahía, con las más grandes. Nick me dijo que si quería venir en la moto de agua. ¿Qué si quiero? Llevo deseando montar en una moto de agua desde que pisé el mar por primera vez a los cinco años. Para coger las gigantescas olas los surfistas se agarran a la moto de agua y se sueltan una vez metidos en ellas.
Yo iba grabando con la GoPro mientras Nick conducía a toda velocidad en paralelo a la ola y por delante de ella, hasta que la superamos y entonces giró noventa grados de golpe, y yo –que no me lo esperaba- salí volando siete metros hasta aterrizar contra el agua de un porrazo seco. El tío se descojonaba.  
“¿Has conducido alguna vez una de estas?”. “No, nunca”. “Ponte delante”. Y después de las explicaciones la palabra mágica. “Faster!”. Espectacular.

El desinterés que notaba en los e-mails no era tal. Es que Nick es así. Un tío práctico que va al grano, porque no tiene tiempo que perder. Su temporada empieza y acaba durante el verano y en estos tres meses tiene que hacer caja para todo el año, porque en invierno aquí solo hay lluvia y frío, ni un solo turista. Gestiona la escuela de surf, un backpackers y varias casas de vacaciones. Es el cappo de Curio Bay, el gurú del surf –según la Lonely Planet- y no se anda con chorradas. Te dice lo que tienes que hacer una sola vez, y espera que lo hagas. Según le iba conociendo más le iba apreciando, por su forma de hacer las cosas, deprisa pero sin estrés y, sobre todo, sin estresar.

El primer día me dio el material que tenía para el video. Lo estuve visionando y había buenas imágenes, pero insuficientes. Él tiene una cámara Canon 7D con teleobjetivo, y entre todos juntamos tres cámaras GoPro, esa maravilla de minicámara de alta definición ideal para deportes de riesgo y escenas acuáticas. Las lecciones de surf en la playa, las olas, los delfines, los pingüinos. Una mina. Le conté la idea que tenía del video, y sus palabras textuales fueron: “Tú eres el jefe. En lugar de una semana quédate dos y haces lo que tengas que hacer”.

Y así lo hice. Puse a Nico con una GoPro en el agua y yo me encargué de la 7D desde la playa. Otro día nos fuimos Nick y yo a hacer paddle-board con la GoPro, esa modalidad que se ha puesto tan de moda de remar de pie encima de una tabla de surf. Era muy temprano, estábamos solos en el agua con marea baja, y nos rodeaban los delfines. Diez, doce, quince. Se cruzaban entre las tablas, pasaban por debajo, se sumergían y volvían a salir a dos metros de nosotros. Tomamos imágenes increíbles. Yo me relamía porque ya estaba visualizando el pedazo de video que le iba a hacer, solo tenía que materializar lo que estaba en mi cabeza.
Me dejaron trabajar como y cuando me diese la gana. Por la mañana surfeábamos y después me iba a mi casita a currar, a mi ritmo, disfrutando de lo lindo. Nunca se me ha olvidado cuánto me gusta mi profesión, pero hacía tiempo que no la gozaba de esta manera. Me había saturado de clientes, de presupuestos, de inútiles que no tienen ni idea de lo que hacen ni lo que dicen pero que juegan a ser Peter Jackson por un día. De soplapollas y de cutres. De España. Esa nefasta España carente de profesionales y plagada de jefecitos. De ineptos. He llegado aquí, me han dicho tú eres el que sabe de esto, tú mandas, y me han dado carta blanca. Ni un solo día me han preguntado cuánto falta para terminar. Ni una sola vez han metido baza.

Cuando se lo enseñé, el tío se subía por las paredes. Yo ya lo sabía porque a mí mismo me parecía brutal después de verlo seiscientas veces. Ni un solo comentario de jefecito. Ni una aportación de esas a las que estoy tan acostumbrado en las que el listo de turno tiene que poner su sello sea como sea, su “desaportación”, para luego poder decir que la guinda del video es gracias a su genial idea. Más logos, más logos, más logos.
Nick me pidió corregir dos fallos, uno por mi ignorancia en el inglés y otro por mi ignorancia sobre surf.

No ha habido dinero de por medio y eso, de alguna manera, se nota. Yo me sentía totalmente recompensado por mi trabajo, con las clases de surf por la cara, el excelente alojamiento y las cenas. La playa, los delfines, la libertad, la tranquilidad y, sobre todo, la confianza en mi trabajo. Él cumplió su parte del trato con creces y yo me volqué en la mía. Estaba tan motivado que había días que ya me había acostado y la cabeza no dejaba de girar con ideas para el video, y si se me ocurría algo tenía que levantarme y probarlo, y entonces me daban las tres de la madrugada frente al ordenador. Como en los buenos viejos tiempos. Un día le dije: “Está acabado, creo que es bueno”. “Estoy seguro”, me contestó.


Suerte que nunca le hago caso a las primeras impresiones. Suerte que insistí en venir aquí, aparcar la carretilla e intentar realizar mi primer trabajo audiovisual en Nueva Zelanda, con todos los obstáculos que tenía de por medio. Sin ordenador, sin software, sin internet. Suerte que el dinero no lo compra todo. Suerte que la felicidad sigue estando a la vuelta de la esquina. Solo hace falta un poco de suerte. Y un mucho de tesón.

Routeburn y Caples Track


¿Otra ruta? ¿En serio? ¡Pero si todas las montañas son iguales! Cuántas veces habré escuchado esta blasfemia. Castillos y catedrales, de acuerdo, visto uno vistos todos. Pero, ¿las montañas? Por favor. Incluso la misma montaña nunca es igual dos veces.
Más allá de cómo la vivas está el sentimiento de superación, el desafío que representa alcanzar lugares únicamente accesibles a través del esfuerzo personal. Llegar donde las carreteras no llegan, donde solo tus piernas pueden llevarte. No hay distinciones entre altos y bajos, entre ricos y pobres. Todos tienen que subir, paso a paso. Todos tienen que sudar. Todos tienen que sufrir la lluvia y el frío cuando se presenta un mal día. Sin esfuerzo no hay recompensa. Y cuando la recibes te sientes tan vivo, tan privilegiado de estar allí, de haberlo conseguido, de contemplar aquel pedacito privado del mundo desde el mismo centro de su corazón, que cualquier esfuerzo ha valido la pena.


Esa es la sensación que me lleva a volver, una y otra vez, a la misma montaña, los mismos ríos, los mismos lagos, en distintos lugares. Porque cuando descubro su existencia no puedo saber que están allí y no recorrerlos, no escalarlos, no atravesar ese trocito de naturaleza que solo sería un dibujo en un mapa si no lo explorase. Es una sensación de libertad y de aventura, de expectación, de levantarte cada día en tu refugio o tu tienda de campaña mirando al cielo esperando verlo azul, porque ese día vas a subir a la cima y necesitas llenarte los ojos y los sentidos con las vistas de una Naturaleza con mayúsculas. Y llegar a tu siguiente refugio y no dar crédito a dónde vas a pasar la noche, en esa cabaña a los pies de mil metros de roca vertical, entre un lago glaciar y un bosque lluvioso. Y sentirte tan privilegiado. Tan feliz. Tan recompensado.


Por supuesto entiendo al que no le ve ningún interés a esta actividad. Y al que la ve absurda y ridícula, y no lo haría ni por dinero. Pasas frío y calor, estás agotado, te duelen los pies, caminas durante horas y sudas a mares para después dormir en el suelo, sin una ducha, sin una bata, comiendo poco y mal.
Cuando salí de la Mckenzie Hut había niebla y estaba lloviendo, y así siguió durante las tres horas de marcha hasta Howden Hut. Allí pensaba comer bien y hacer un largo descanso porque me quedaban otras cuatro o cinco horas hasta Uppers Caples, con una buena subida de por medio. Pero llegué calado, por dentro y por fuera, porque el chubasquero no transpira y te hace sudar el doble. En el refugio no paraba de tiritar, así que comí rápidamente y volví a ponerme en marcha para entrar en calor. Ni diez minutos de descanso. Disfrutar y sufrir a partes iguales.
Cincuenta por ciento piernas, cincuenta por ciento cabeza. Ya puedes tener los gemelos de Roberto Carlos que, como la cabeza se empeñe en que no puedes, no vas a llegar. Yo soy un tipo tirillas tirando a matao, nunca tuve fondo ni especiales cualidades físicas. Me mueve la voluntad. La segunda etapa de la Routeburn Track fueron seis horas de camino más la hora y media extra de subida al Conical Hill, una dura trepada opcional con espectaculares vistas de 360 grados. Cuando por fin llegué a la McKenzie Hut ni siquiera estaba cansado. Dejé la mochila en la puerta y continué caminando por el sendero del lago hacia el camping, y desde ahí otro tramo hasta una roca gigante seccionada por el hielo. Podría haber seguido más, sin parar, había sido un día tan soberbio que lo habría empezado otra vez en ese mismo momento. 


En mi opinión la Routeburn le da tres vueltas a la Milford Track. Es una verdadera ruta de montaña, mientras que la Milford es una ruta entre bosque lluvioso con un paso de montaña entre dos valles. Además aquí puedes acampar, aunque también requiere reserva porque está muy solicitada y hay pocos espacios, y puedes recorrerla en el sentido que quieras y enlazarla con otras rutas. Para volver y hacerla semicircular yo tenía que elegir entre la Greenstone o la Caples Track. En su momento había preguntado en información de los Parques cual de las dos era mejor, y al final me decanté por la segunda.
El trocito de unión desde Routeburn es una maravilla, un bosque sensacional a orillas del lago Howden, sin gente, donde te puedes esperar elfos o duendes apareciendo de un momento a otro detrás de un árbol. Me dio por acordarme de Peter Jackson. Si en sus años mozos hizo estas caminatas seguramente lleva imaginando la Tierra Media tantos años que solo podía bordar las películas. Planta la cámara por ahí, ponle dos trenzas a un colega guapete, dale un arco y una flecha y ya tienes media peli. Nueva Zelanda es la Tierra Media, no es postproducción. Los bosques son así, los lagos son así, las montañas son así.


No me crucé una sola alma peregrina en cinco horas desde Howden hasta Uppers Caples. Ni una. Después de dos días por una de las rutas más concurridas de Nueva Zelanda, de repente estaba solo en la niebla. Otra sensación única. Coronar el collado tras una intensa subida y encontrarte llaneando en las alturas, en completo silencio. Si me paraba no se oía nada. No se veía nada. Llegué a la cabaña y no había nadie. Toda para mí, solo unas cuantas ovejas y un buen ejército de sandflies incluso dentro del refugio, pero más preocupadas de encontrar una salida que de abastecerse de fluidos humanos. No les hice caso y me dejaron en paz.
Al rato apareció un israelí. Es curioso la cantidad de jóvenes israelís que te encuentras viajando por este país. Tienen un servicio militar obligatorio de tres años para ellos y dos para ellas, y cuando terminan se van de viaje unos meses para escapar de la tensión y el estrés de recibir órdenes constantemente. No me da buena espina un país así. Después llegó una pareja de la República Checa, ella alta, delgada, rubia de ojos azules y él un doble perfecto de Tom Cruise. Cuando sonreía parecía recién salido del rodaje de Top Gun. ¿Dónde está Penélope, Tom? Allí estuvimos hablando los cuatro toda la tarde. El amigo Tom se quedó flipado cuando le dije que era español, primero porque no se había encontrado a ninguno más hasta entonces y después porque me hacía más bien natural de Colombia o de Siria. Colombia vale, pero ¿Siria? Que te jodan, Risky Business. A pesar de que había colchonetas de sobra Tom y su barbie prefirieron irse a dormir a su tienda de campaña, cerca del río, donde las sandflies solo descansan cuando les llega el turno a los mosquitos. Supongo que no les daría buen rollo pasar la noche entre un israelí y un sirio.

Yo me levanté con el sol aún durmiendo porque tenía 17 km por delante y el autobús se iba a las 12 del mediodía, con o sin mí, y había pagado 50$ por ocuparlo. Hay otro a las 4 de la tarde, pero yo era el único pasajero y me mandaron un mail diciendo que me cargaban doble precio si no se apuntaba nadie más. Tranquilito, que ya madrugo.
Así que caminé valle abajo entre las tinieblas del amanecer, sin ver una sola alma de nuevo hasta la Middles Hut. Desayuno, descansito, y ticket a la señora guarda de la zona, que no perdona. Los tickets de estos refugios son genéricos, los compras a 15$ y luego los usas en la ruta que quieras, siempre que esté fuera de las grandes. No hace falta reserva, llegas y te metes. Son rutas mucho menos transitadas y no suele haber problemas. La Caples Track mejoró en esta última parte, sobre todo cuando el sendero salía al medio del valle, pero discurre demasiado tiempo por el bosque a pie de ladera, lo que le quita encanto. Personalmente no la recomiendo. Después de la Routeburn te quedas como con Matrix Reloaded.

Llegué al parking a tiempo y el autobús nos devolvió a la civilización, circulando por la superlativa carretera que bordea el lago Wakatipu a la altura de Glenorchy, con uno de sus peculiares atascos neozelandeses. Allí detrás, en esas montañas nevadas hay una zona que se llama Paradise, donde el renombrado Peter Jackson situó cuatro -¡cuatro!- localizaciones de El Señor de los Anillos, entre ellas Isengard, la torre de Saruman. Sobran las palabras.