Mostrando entradas con la etiqueta 19. Kaikoura y Nelson Lakes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 19. Kaikoura y Nelson Lakes. Mostrar todas las entradas

Kaikoura


“El woofing es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te puede tocar”. Acuñada por mi amiga Marjo, rememorando al filósofo Forrest. Woofing es lo mismo que HelpX, trabajar en casas y granjas por comida y alojamiento. Ella y su novio Nico son los franceses que conocí en la escuela de surf, y acaban de salir por pies de una casa en la isla norte. Iban para dos semanas y se han marchado a los tres días.
Yo suelo escoger mis woofings por distintas razones. Unas veces por lo que me pueda aportar la experiencia, otras veces porque hay más woofers y me apetece conocer gente, y otras porque quiero visitar un lugar en concreto. Aterricé en Kaikoura porque es la única zona de la Isla Sur que me quedaba por explorar, y todo el mundo me había dicho que era un pueblecito de playa encantador. 


Me busqué una casa donde poner en práctica mis demandadas aptitudes de jardinero, y me instalaron en un apartamento adosado al garaje, con mi cama gigante, saloncito y una nevera llena de comida, pero sin cocina y sin baño. Así que para esos menesteres tengo que cruzar los veinte metros de jardín hasta la casa familiar. No es que sea un gran inconveniente, pero ahora tengo cervezas en la nevera –por fin- y a las 5 de la madrugada no me apetece vestirme y caminar en la oscuridad para echar una caña. ¿Qué haría McGiver? Fabricarse un meadero con desagüe exterior a base de pajitas de los refrescos. ¿Qué hace un mundanal español? Vaciar el bidón de leche en una jarra y usarlo como orinal. Cinco usos exactos. Excelente.
Mi relación con la familia se reduce a Robyn, la señora de 72 años que me encarga los trabajos. Muy relajados. Un día le pinté el porche -de negro las vallas y de verde las vigas- otro día desatasqué los canalones que estaban llenos de hojas y ramas, y cuando se puso a llover y no podía hacer nada en el exterior me mandó al restaurante de su hija a echar una mano. Para una casa en la que no me había tocado fregar. Toma. Y lo malo es que lo había pedido yo, empeñado como estoy en probar cosas nuevas de todos los colores. Me hacía ilusión entrar en la rebotica de un restaurante y ver cómo funciona por dentro.
Evidentemente no me llevaban allí para hacer tortillas. Fregué más cacharros que en toda mi vida junta, pero la verdad es que se me pasaron las horas volando y fue una experiencia bastante interesante. Por novedosa, supongo, ya imagino que una semana seguida de fregar doscientos cacharros en tres horas no me resultaría tan grata. Lo mejor fue echarle un ojo al trabajo del chef, un chico joven y poco hablador, con gran capacidad para sacarlo todo adelante él solito sin el menor estrés. Mi momento estrella fue cuando me pidió que le echara una mano rellenando los platos de carne con la guarnición de patatas. Qué fácil es a veces ser feliz.
Poco a poco me he ido adaptando al extraño entorno y ahora me encuentro más feliz que una perdiz. Dexter ha vuelto a mi vida con fuerza y alegría, especialmente en los días de lluvia, y cuando el tiempo acompaña suelo quedar con Juan, un chaval de San Sebastián que anda trabajando con una beca en este remoto lugar del universo. Con él y con Jacqueline, su compañera de piso americana, pasé el día de San Patricio en los bares de Kaikoura, en una buena velada cervecera. Porque la verdad es que este pueblo no tiene mucho más que eso. Una calle llena de bares y restaurantes en ambas orillas de la carretera, los tours de avistamiento de ballenas y para de contar. Las montañas a un lado y el mar a otro, lo cual le vale el apelativo de encantador en los días soleados. Si además tienes la suerte de que haya nieve en las cimas la postal es preciosa.

Angelus


Mi estancia en casa de Tony pasó sin novedades reseñables. Y es que lo que antes era tremenda novedad ya se ha convertido en algo corriente. Hacha, pico, pala, carretilla. Y fregar los platos, por supuesto, de eso no me libra ni San Pedro. Lo he hecho absolutamente en todas las casas en las que he estado. Si me viera mi madre. El cachondo de Tony me dijo en la primera cena “en esta casa solo hay una regla: el que cocina no friega”. Debía ser una regla interpretable al gusto, porque he cocinado varios días y también me ha tocado fregar.
Como labor novedosa la de fumigar la jungla. Novedosa y tortuosa, porque es un bosque inmenso en el que los espinos se han hecho amos y señores del mundo vegetal y crecen por centenas alcanzando alturas de hasta tres metros. Y allí estaba yo, como un cazafantasma, con mi mochila de veneno en la espalda y mi pistola de aspersión en la mano, dispuesto a liquidar todo engendro espinoso que me encontrase.
Tardes de asueto al sol con vistas al mar, retomando mis estudios autodidactas del idioma deseado. Libro en una mano y boli en la otra voy ampliando la lista de vocabulario tanto en significado como en fonética. Lo difícil es acordarse después de la palabrita cuando tienes que emplearla en una frase. Mi cerebro no gira a la velocidad necesaria, y suelo encontrar dicha palabra al cabo de las horas, con suerte, porque en la mayoría de los casos solo la recuerdo cuando vuelvo a repasar las hojas.


Nelson Lakes

 

Siempre suelo ponerme un margen de días entre una casa y otra. Si me está gustando intentaré quedarme más tiempo, como me pasó en la escuela de surf. Si no me aporta gran cosa me busco un plan alternativo. Este era el caso, así que tiré de mi interminable lista de lugares pendientes de visitar y decidí hacerme otra rutita montañera.


El israelí con el que compartí cabaña en la Caples Track me dijo que la mejor ruta que había hecho en Nueva Zelanda era la Angelus Hut, en el Parque Nacional de los Lagos de Nelson. Me busqué un coche gratuito y volví a Christchurch a recogerlo, para entregarlo dos días después en Picton. Tiempo exacto para hacer esta excursión de dos días, situada justo en medio.
En el camino recogí a un londinense que estiraba el pulgar, empeñado como estoy en devolverle al mundo del autostopismo lo mismo que me ha dado. Me han recogido cinco veces y yo he recogido dos, de modo que aún tengo tres en el debe. Andrew, un tío majo, muy viajero y muy futbolero. Se había recorrido medio mundo mochila a la espalda, y me puso la cabeza como un globo con nuevos destinos, nuevos viajes y aventuras. Como si me hiciesen falta alicientes.
Dio la casualidad de que íbamos a hacer la misma ruta, así que nos la hicimos juntos, poniendo a parir a Fernando Torres, a Mourinho y repasando pasado y presente futbolísticos. Mientras tanto ascendíamos tranquilamente hasta la cuerda por la que discurre el camino, con vistas panorámicas en todas direcciones de principio a final. Este es el gran atractivo de la Robert Ridge Track, que siempre va por encima de la línea de vegetación, lo cual se agradece después de atravesar infinitos bosques neozelandeses en cada ruta que hago.
A nivel montaña la verdad es que Nueva Zelanda no me ha impresionado demasiado. Rutas muy bajas, muy planas, muy poco aventureras. Diseñadas para todos los públicos. La Angelus Hut se sale de este diseño manteniéndose siempre en las alturas, con la gran recompensa final de la llegada al refugio, situado entre lagos de alta montaña. Muy bonito. Me ha recordado mucho a los Picos de Europa, aunque aquellos me gustan más. En general la montaña española le da dos vueltas a la neozelandesa.


El retorno lo hice por mi cuenta porque Andrew quería subir al pico más alto de la zona, pero yo no tenía tiempo ya que debía devolver el coche esa misma tarde en Picton. Decidí tomar la ruta Speargrass, que baja por el valle, donde no me encontré una sola alma en las cuatro primeras horas. Y no me extraña. El camino desaparece veinte veces, va cambiando de un lado del río al otro y tienes que vadearlo a ciegas, atraviesa zonas pantanosas que hay que superar haciendo equilibrios sobre troncos hundidos en el barro, y al final es tu bota la que termina haciendo la función del tronco, con el lodo hasta la pantorrilla. Una gincana.
Tan largo y dificultoso fue que al llegar al parking me encontré de nuevo a Andrew, que había tomado el mismo camino del día anterior, y había llegado antes que yo. Nos dimos los teléfonos y los emails y quedamos en vernos otra vez en algún momento por el mundo.

Aves de paso

Es un título duro, por lo que implica. Uno de los daños colaterales de viajar solo, sin rumbo fijo, errante. Nómada.
Me marché de la escuela de surf en el coche de la pareja de franceses, Nico y Marjo, junto con la chica americana, Kaylie. Los cuatro habíamos hecho excelentes migas y según pasaban los días redoblábamos confianza, llegando al punto mágico del vacile constante. Fueron tres días de volver a sentir la cercanía de un grupo de colegas, con los que te sientes bien y con los que te gustaría pasar mucho más tiempo. Pero al final cada uno tiene que seguir por su camino. Kaylie se quedó en Monte Cook, y Marjo y Nico me llevaron hasta Christchurch, donde nos despedimos.


En Christchurch tenía el contacto de una chica de Santander. No la conocía, pero tenemos un amigo en común en Wellington y el simple hecho de ser españoles en la otra punta del planeta ya nos conecta. Quedé con Irmana y sus amigos esa misma noche de sábado y nos fuimos a tomar unas cervezas. Una gozada volver a conversar en español, relajar el cerebro, hablar sin traducir, poder ser tú mismo porque tienes acceso a todas las palabras que quieres expresar. Al día siguiente volvimos a vernos para ir a ver una obra de teatro en un parque, y volvimos a juntarnos unos cuantos. Un chico boliviano majísimo, una chica argentina majísima y la chica de Santander. Majísima. Forman un grupo que me produce cierta envidia sana, al verles llevar una vida asentada en la que son su propia familia.
Me gusta mi rollo viajero de no dejar de moverme, de experiencias nuevas cada semana, conocer gente diferente, andar de un sitio para otro y no parar de descubrir. Pero hay veces que es duro y cansado, y cuando tienes tus pequeños momentos de nostalgia lo que más se añora es la cercanía humana. Poder sacar el móvil del bolsillo y quedar en cinco minutos con tu colega para tomar una birra y deciros las burradas ofensivas de toda la vida, y que siempre provocan unas risas.
La rutina me mata, me aniquila. Por eso sé que solo son flashes pasajeros de melancolía. En seguida estoy haciendo nuevos planes que siguen llenándome la cabeza de ilusión y de entusiasmo y que pesarían mucho más que la añoranza si me asentara en un solo lugar. Todavía no. Todavía queda por disfrutar de esta increíble etapa de libertad absoluta, de tomar decisiones sobre la marcha, de abordar cada semana un destino incierto y convivir con nueva gente desconocida.


Ahora estoy en casa de Tony, un neozelandés de 55 años que vive con su perro de tres patas en un acantilado con vistas al Océano Pacífico. La propiedad es enorme, y la casa espectacular, pero aquí hace falta una mano femenina como el comer, o cinco ayudantes como yo. Hay trabajo para aburrir, especialmente en el jardín. Mis tareas hasta el momento han sido cubir el patio de gravilla, fumigar el bosque -más bien la selva- y recopilar toda la leña que iba encontrando por la parcela. Como es gigantesca Tony me enseñó a manejar el quad en medio minuto y por fin he podido motorizarme a los mandos, después de varios tanteos como paquete.
Y por las tardes relax absoluto. Me tiro en una de las tumbonas del porche con mi libro en inglés e intento exprimir mi escaso cerebro disponible para dar cabida a nuevas palabras con su correspondiente maldita fonética. Es un buen sitio, muy agradable para pasar unos días. Pero el cuerpo ya me está pidiendo acción otra vez, movimiento. Con tanto tiempo libre se me colapsa la mente con nuevas ideas, y el Dr. Google está siempre atento para avivar las llamas de la imaginación.