Mostrando entradas con la etiqueta 14. Queenstown maravilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 14. Queenstown maravilla. Mostrar todas las entradas

La infranqueable barrera del idioma


Hoy era el día en que tenía que salir de Nueva Zelanda. Los tres meses de mi visado de turista han volado rápidamente. Siento que he viajado y vivido este país tal y como había imaginado, he estado prácticamente en todos los sitios que había planeado y he vivido experiencias inolvidables. He cumplido todos mis objetivos. Menos uno: el idioma. Me tiene frito.

Estoy hasta el gorro de escuchar a la gente decir que a los tres meses se te activa el chip en el cerebro y de repente te encuentras pensando en inglés y tu lengua se mueve automáticamente en el idioma de Paul Gascoigne. Los cojones. Yo sigo a por uvas, de hecho creo que involuciono.

En el Milford Track terminé en modo autista leyendo mi libro, pasando de socializar con los angloparlantes. El primer día estuve hablando con unos americanos muy majos pero les entendía la mitad de lo que me decían y les respondía sobre lo que creía que iba el asunto, utilizando mi traducción simultánea que se zampa los participios cuando intento hablar a velocidad estándar. El resultado es que se me quedan mirando en silencio tratando de encajar mis medias palabras con el contexto, y en cuanto cogen un poco de confianza terminan completándome las frases. La conversación se diluye y se va al carajo. Normal. Es la misma sensación que yo tenía con el tío japonés que me grapaba a todas horas. Se sabía siete palabras en castellano –vino tinto, cerveza, pulpo, tapas y tres más- y hablaba la mitad de inglés que yo. Al final me aburría de hablar con él y me largaba.

De vuelta en Queenstown me subí al autobús y le pedí al conductor el pase para toda la semana. “I want the card for a week”. Se me queda mirando como si le hubiese dicho que iba a dormir con su mujer esa noche. “The card for the whole week”. Silencio. Mirada inquisitoria, sin parpadear. “Seven days”. “Aaaaaaaaaah!, you want the card for a week”. Pedazo de cretino. No se que coj… me contó de que estaba entendiendo awake (despierto). Valiente mamón.

Y es que se nos cala de lejos. Cuando escucho a un tío hablando inglés en modo paleto no falla. Español o argentino. No sé qué tenemos que sonamos a ineptitud.
Pero no me va a derrotar. Franquearé esa barrera cueste lo que cueste. Así que me quedo. 


Trámites y batallas


Hace un par de semanas me pasé a preguntar por la Oficina de Inmigración en Queenstown. Por supuesto podía salir del país, volar a Australia y volver a entrar en Nueva Zelanda unos días después, pero lo normal es que me hicieran preguntas en el aeropuerto, y lo normal también es que me dejasen entrar otra vez.

La otra fórmula es pedir la ampliación del visado de turista. Rellenas siete páginas de formulario, le grapas un par de fotos de pasaporte con tu mejor sonrisa y sueltas los 100 eurazos de rigor, que al final es lo que cuenta. También tienes que aportar documentos que demuestren que tienes medios económicos para subsistir y para salir del país cuando llegue la fecha. Lo recogen todo, te dan tu recibito y a esperar, veinte días laborables nada menos te dicen que tardan en responderte. Mientras tanto tu fecha de salida está en standby, vamos que no tienes que irte aunque te venza el visado mientras tu pasaporte esté en revisión.
Una semana después me llamaron por teléfono, y me dijeron que estaba aprobado. ¿Pero habéis visto esa cara de moro? Ni la miraron. Recibo pagado, visado sellado. Tres meses más.

Para cancelar el vuelo a Sydney tuve que llamar por teléfono y hablar en neozelandés, lo cual me produce escalofríos, sobre todo para cosas importantes. La técnica definitiva es repetir lo que te dicen para confirmar que lo has entendido. Y lo que me decían es que por cancelación me cascaban 100$ de un billete que me había costado 180$. Si lo cambiaba de fecha 80$. Lo cancelé, y cuando colgué le conté a la pared –en castellano castizo y con un amplio abanico de hijosdeputa- lo ladrones que son las compañías aéreas. Aún así me salía más barato que salir del país y volver a entrar, y me ahorraba el coñazo de los aeropuertos y el trámite del interrogatorio de vuelta al país.

Ladrones. Compañías aéreas y banqueros. Ladrones. Me hice de ING primero por largarme de Bankia –mil veces ladrones- y después porque te cobran solo 2€ de comisión saques la cantidad que saques en cualquier cajero del mundo, así que cada vez que saco pasta de un cajero siempre son 500$, unos 300€.

En Te Anau me duplicaron el reintegro y su comisión, y me di cuenta cuando accedí a mi banca electrónica por internet, cinco días después, en otra ciudad, a 200 km de distancia. Ya tenía montado un operativo de asalto a las oficinas locales de ese banco en pos de respuestas y soluciones –con escasas esperanzas de éxito- pero antes decidí llamar a ING por Skype, bendito sea. Me atendieron muy bien, y me explicaron que es un error habitual en ciertos cajeros del extranjero que no cogen línea correctamente y la operación se produce dos veces automáticamente cuando llega la conexión. En 6 o 7 días recibiría el reintegro de vuelta. Y así fue. Pero el susto ya me lo habían metido, y mi pasta estuvo flotando en un limbo desconocido durante una semana.

Así que adelgazo. Cuatro kilos en estos meses. Y no es por no comer, es por la constante actividad. Cuando no estoy cavando zanjas estoy subiendo montes, pero sobretodo es el coco que no para un instante, no se relaja, siempre pensando con una semana de antelación, resolviendo mil detalles del próximo destino, habitualmente apodado incertidumbre. Es por lidiar con las compañías aéreas, los bancos, el seguro médico, desde 20.000 km de distancia. 

Al extender el visado he tenido que renovar el seguro con Mapfre, que en su día me trató fenomenal y todo fueron facilidades. Les pido en un correo que me renueven otros 100 días en las mismas condiciones y cuando veo el extracto me han cargado 70€ más que la otra vez. Así que llamo. Y con muy malas maneras me cuentan que en octubre estaban de promoción, y por eso era más barato, y que este es el precio normal. Pues, tal vez, solo tal vez, deberías haberme informado antes de cobrar. Digo yo. Por eso puse mismas condiciones. 

Así que adelgazo. Llevo cinco meses para terminarme Los Pilares de la Tierra, en inglés. Cuando llegué a Nueva Zelanda llevaba la mitad y en tres meses he leído otro cuarto de libro. No me da tiempo. Me pongo a leer y en seguida me distraigo de nuevo en pensamientos sobre preparativos, trámites, proyectos, destinos y nuevas ideas, casi todas ellas orientadas a continuar esta aventura que, hoy por hoy, es mi modo de vida.

Piedra a piedra

Mi pasaporte estaba retenido en Inmigración, así que decidí volver unos días a Queenstown mientras esperaba a recuperarlo, y les pedí a Phil y Kate que me acogiesen de nuevo en su casita del jardín. Si ellos ya son la caña ahora encima estaban los abuelos ingleses. La abuela es para abrazarla como a un peluche, y el abuelo también es muy majete, aunque habla muy deprisa y susurrando, así que no le pillo ni media. A casi todo le digo que yes, y listo.

Vine aquí para cinco días y en total he pasado doce, entre las dos etapas. Me encanta mi casa Hobbit, me encanta la ciudad y su entorno, y me gustan ellos. Son liberales y justos con el trabajo. Es bastante duro, entre carretilla, pico, pala y demás amiguetes, pero lo compensan con menos horas de curro al día, y de alguna manera son tareas que me hacen sentir bien. He cavado una buena pila de tierra en el jardín para ensanchar el patio de entrada, la he cargado en un tráiler –que se llenó a rebosar- y la he descargado en un campo yermo. He acarreado cada pedrusco de un extremo del jardín al otro, he arrancado tocones, sesgado raíces y preparado todo el terreno para la construcción definitiva.

Ayer me dieron el día libre porque hoy venía Tom Builder a construir el nuevo muro, lo cual llevaría toda la jornada, y yo sería su ayudante. Ha sido bastante genial aprender de Tom, y de hecho al final me ha tocado construir un murete por mí mismo en otra parte del jardín y he recibido sonadas felicitaciones. Disfruto aprendiendo y realizando tareas nuevas, es realmente gratificante por arduas que sean, y me hace sentirme útil y vivo. Prefiero el duro día de trabajo de hoy al de asueto de ayer. Algo está pasando. Se me debe estar diluyendo la sangre española.


Esto de trabajar sin dinero de por medio me recuerda a mi época de becario en Telemadrid, un año maravilloso en el que lo único que importaba era aprender y disfrutar. A cambio de mi esfuerzo en el jardín recibo un alojamiento cinco estrellas, tres comidas excelentes al día, wifi de alta velocidad y numerosos impactos lingüísticos que de alguna manera intangible espero estén repercutiendo en mi aprendizaje.
Si metemos al poderoso caballero de por medio lo podría valorar en 50$ que me ahorro al día entre alojamiento y comida, lo cual me coloca en unos honorarios de 12$ por hora de trabajo. Conocí a un chaval londinense que había estado trabajando de peón en una obra en Christchurch. En su primer día curró 10 horas y le pagaron 22$. Por mucho que mejorase la cosa no creo que llegase a cobrar más de 5$ a la hora, y no me suena nada escucharle que tuvieran paradita de media mañana para un té con pastas. Yo sí. Por no hablar del trato exquisito y que te den las gracias por tu trabajo. Me quedaría más tiempo en esta casa, pero ya no tienen más tareas para darme, y tampoco son una ONG. 

No tengo ninguna gana de regresar a España. No quiero volver a estar enfadado cada día por el sentimiento de impotencia, de opresión, de desidia. Sumido en la vorágine de un país en el que no creo y por el que no quiero luchar. No me siento capacitado para enfrentarme a la reinserción en un mundo laboral que me asquea y llegar a odiar una profesión que sigue entusiasmándome.
No estoy de vacaciones. Yo no lo siento así. Sencillamente estoy aprovechando mi momento, viviendo mi vida tal y como siempre quise. Tal y como siempre hice.

La ciudad de la aventura


Mi ángel de la guarda debe de ser adicto al trabajo. O sencillamente es que tengo buena suerte, o una flor en la baja espalda, o como quiera llamarse.
En Queenstown he recalado en otra familia extraordinaria. Es cierto que me curro bastante la búsqueda de los sitios a los que voy, siempre hago un minucioso proceso de selección, pero es imposible prever la calidad humana de las personas. Y es ahí donde interviene mi buena estrella, porque ésta es ya la quinta casa en la que trabajo como helper, y cuatro de ellas han sido sobresalientes. La otra ni siquiera llegó al suspenso, fue un simple aprobado raspón.
Pero no todas las casas son un diez más dos. Unos amigos españoles que conocí en la isla norte decidieron probar como helpers después de escuchar mis buenas historias y salieron escopetados entre gritos e insultos de la única casa en la que han estado. Otra pareja de Madrid trabajaba más de seis horas diarias a pico y pala y con un trato bastante brusco. Mi experiencia ha sido todo lo contrario, por eso lo voy contando y aconsejando por ahí, pero está claro que hay de todo. La suerte interviene y la mía de momento, es excelente.

Kate es inglesa y Phil, su marido, neozelandés. Tienen dos hijas pequeñas de 7 y 3 años y una casa preciosa en Kelvin Heights, una península al otra lado de Queenstown, en el lago Wakatipu. En el jardín hay una casita rural anexa a la vivienda familiar, completamente independiente, con baño, cocina, cama de matrimonio, techo de madera y un balconcito exterior. Ese es mi espacio, esa es mi casa. 
A los cinco minutos de mi llegada ya me habían dicho que hiciera mi vida como quisiera, con total libertad. Me enseñaron donde estaba la comida, los platos, todo lo que pudiera necesitar, y acuñaron el clásico “help yourself”, que significa sírvete tú mismo cuando quieras. Hasta me dijeron la misma frase con la lavadora, lo cual ya es pasarse, porque cuando he ido a lavar la ropa me he encontrado más botones que en el Apollo XIII. He tardado media hora en conseguir que se ponga en marcha pero por lo menos no he teñido toda mi ropa de naranja.
Phil me cuenta el trabajo que voy a hacer, yo se lo repito para comprobar que lo he entendido, le dedico 3 o 4 horitas intensas de riñones, brazos y espalda, y después tengo todo el día libre. Paso las mañanas con mis inseparables pico, pala y carretilla, y una nueva y muy especial amiga: la encantadora barra de hierro, una tonelada y media de metal terminado en filo para cavar a lo bestia, llevándote todo por delante.
También he tenido un bonito idilio con la sierra eléctrica, lo cual es todo un progreso en mi evolución rural después de superar con matrícula la siempre difícil asignatura del hacha. Sierra en mano cogía un tronco bien gordo de la pila de leña, lo ponía encima del banco, mi pie encima del tronco, y apretaba el gatillo para dividir el leño en secciones aptas para la chimenea. Bastante genial, siempre y cuando consigas mantener tu pie alejado de la cuchilla. Por si acaso yo utilizaba el izquierdo, que solo me sirve de apoyo cuando saco los córners.



Queenstown

 

Como estamos en temporada alta había tenido que alquilar el coche por un mínimo de tres días, de modo que disponía de él aquella primera tarde en Queenstown, y lo utilicé para recorrer la espectacular carretera de Glenorchy. Bordeando el lago durante 50 km, en una tarde de nubes y claros que provocaban tal juego de colores en el agua que lo más normal hubiera sido terminar estampado de tanto mirar por la ventanilla. 


Por suerte no había mucho tráfico, y tras devolver el bólido me fui a pasear por Queenstown, la ciudad de los deportes de riesgo. A pesar de su carácter turístico no deja de tener un encanto muy especial, rodeada de altas montañas y con el lago como centro y referencia.
Desde el primer día quería subir al Skyline Gondola, la estación deportiva en lo alto de la colina donde siempre están sobrevolando los parapentes. El ticket del telesilla costaba 26$, ¿están locos? ¡teniendo piernas! Me hice a pie los 500 metros de desnivel en una hora de ardua subida, agradecido de que, por una vez en estos días, no hiciera sol. Allí arriba hay una especie de parque de atracciones de los deportes de aventura. Si te gusta el riesgo y tienes pasta este sitio alberga todas las posibilidades imaginables: paracaidismo, puenting, parapente, tirolinas, bicicross, rafting, esquí acuático, y una especie de patines con manillar para bajar por un circuito a toda velocidad.

A falta de crédito me dediqué a hacerle fotos a la gente. Unas chicas californianas estaban haciendo puenting, dos de ellas saltaban y otra las animaba en la distancia e inmortalizaba el momento. Me enseñó la foto, yo sonreí, y le enseñé la que había hecho yo, del mismo salto y desde el mismo sitio. Oh my God, oh my God, y desde ahí todo gritos llamando a su amiga, la que había saltado, para que viniese a ver la foto. Cuando ésta llegó y vio su foto se volvió medio loca y me agarró del brazo para que no me fuera, haciéndome jurar que se la mandaría por email. Que sí hombre que sí, no seas brasas, pero tu amiga también te ha hecho una foto en el mismo momento y desde el mismo sitio que yo. Ah! Espera, es que a lo mejor eso del audiovisual es algo más que darle al botón de grabar.
Debería montar un negocio clandestino. Los del puenting tienen su propio fotógrafo, que cobra 20$ por tu foto haciendo de superhéroe. Yo podría colocarme unos metros más allá, detrás de un arbusto, atraer a la gente que ha saltado, enseñarles su foto en mi cámara, y vendérsela a 10$. En un solo día me hago de oro, siempre que no me pillen los del puenting, claro, y me inviten a saltar, pero sin cuerda.