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La selva camboyana

Truman Track


En la zona de Punakaiki hay un par de excursiones interesantes. La primera es la Truman Track, un sendero corto entre bosque que desemboca en una playa salvaje, en la que no me hubiera atrevido a bañarme aunque hubiese hecho 50 grados. El mar hablaba, más bien rugía, y te dejaba claro lo que haría contigo si osabas invadirle. Mejor conformarse con el paseo por la arena, escalando un poco y escuchando la furia de las olas.




Poroari River Track


Muy espectacular. Sendero demasiado perfecto para un lugar tan selvático, parece que te encuentres en Camboya. La ruta sigue constantemente el curso del río, y de vez en cuando la vegetación se abre ligeramente para poder admirar los farallones entre los que te encuentras. Unos kayakistas descendían tranquilamente las mansas aguas, provocando nuestra envidia.
Son tres horas de ruta circular, aunque el final hay que desandarlo por la carretera. Después de una hora se nos hizo muy monótono el asunto, siempre encerrados entre la vegetación, y decidimos volver por donde habíamos venido.

Golden Bay


Teníamos que elegir entre mar o montaña. Monte Cook, símbolo de Nueva Zelanda, o Golden Bay, la bahía dorada. Difícil elección, pero el tiempo en las montañas es imprevisible y en la costa todavía era verano. A la playa.
La primera noche la pasamos en Kaiteriteri, a las puertas del Abel Tasman Track, y el desayuno en la playa a la mañana siguiente fue de esos momentos que saboreas solo cuando ya has viajado lo suficiente para darte cuenta de que viajar no significa poner más chinchetas en un mapa sino disfrutar los momentos y, sobre todo, vivir experiencias. 
Llenamos una mesita de la playa con nuestras vituallas del súper y nos dedicamos a contemplar a los activos turistas que tomaban water taxis o esquiaban sobre el agua. Placer absoluto. Dos horas después nos fuimos a las Waikoropupu Springs, que se jactan de ser los manantiales de agua más pura y clara del mundo. Hasta hace unos años se podía bucear en ellos, pero la incontenible masa de turistas empezó a amenazar la seguridad del ecosistema, y se acabó el buceo. 


Dejamos las playas de Takaka para el día siguiente y enfilamos hacia el punto más septentrional de la isla sur, el pico noroeste y –en ese momento no lo sabía- un top five de Nueva Zelanta, sin lugar a dudas. Los últimos 6 km de carretera de tierra terminan en un parking del que salen varias rutas hacia el mar. La más corta discurre a través de prados de vacas y ovejas, colinas bajas y muchas dunas, hasta la playa de Wharariki. Días después me dijeron que la Lonely Planet la califica como una de las diez mejores del mundo. La bendita ignorancia te hace no generar expectativas, así que la sorpresa fue superlativa. 


La playa es brutal. Primero con las dunas que hay que atravesar para llegar. Luego la cantidad de cuevas que se abren en los peñascos que surgen de la misma playa. La inmensidad y tranquilidad del escenario. Y por último, los bebé foca. Si me dicen que voy a ver alguna vez en mi vida una cosa así no me lo habría creído.

En una charquita de agua de mar creada entre las rocas tras la bajada de la marea había varias crías de foca haciendo acrobacias. Podías acercarte tanto como quisieras, no parecían molestarse por la presencia humana. Tres o cuatro nadaban en el agua dando saltos, jugando y persiguiéndose. Algunas más llegaban corriendo patosamente, lanzándose de morros al agua y haciendo las delicias del personal. A los pocos que estábamos allí alucinando se nos caía la baba con los cachorros. Lo mejor de todo era cuando se ponían a correr para trasladarse a otra zona, trepaban unas cuantas rocas y se lanzaban de nuevo en plancha. Estaban por todas partes, solo crías, ni una sola foca adulta, que debían estar en el mar alimentándose.

La vuelta por el lado largo fue igual de bonita, con la luz del atardecer. Ya se estaba haciendo de noche cuando llegamos al coche, y teníamos que encontrar alojamiento. Hay días en que todo te sale bien, y allí mismo, a la salida del parking, encontramos un backpackers del que fuimos los únicos inquilinos. El mejor y más barato de esta semana de viaje. Ironías. En la cocina compartida con el camping conocimos a Manu, un chaval de Bilbao que estaba trabajando allí de helper, y pensaba quedarse varias semanas una vez explorada la zona. Nos reconocimos sin hablar, nada más vernos, pero aún así cruzamos las primeras cinco palabras en inglés, por si acaso. El acento te delata en cero coma. Cambio al spanish y a cruzar experiencias viajeras.
Con la luna llena fuimos otra vez a la playa. Fue bonito pero no tanto como por el día. Desayuno con Manu, un hasta siempre, ójala coincidamos otra vez por el mundo, y rumbo al cabo Farewell, para llevarnos una última gran impresión de Golden Bay.

Otra vez en equipo

Mi amiga Ruth se vino en las vacaciones de Semana Santa. Se cruzó el mundo para pasar ocho días en New Zealand. Y volvió a España otra vez, otros cuatro vuelos, otras 36 horas metida en un avión. Cuando se lo conté a mi amigo Sergio en Auckland –el día que ella se fue- el diámetro que adquirieron sus ojos habló más alto que cualquier expresión verbal. Pero como ella dice, ¿si no cuándo voy a ir?


Kaikoura Península


Mi plan inicial era ir al Monte Cook y subir por la costa oeste, pero el pronóstico del tiempo para esa zona era pésimo, así que cambio de planes y vuelta a Kaikoura, donde lucía el sol y pudimos cambiarnos a pantalón corto y camiseta.
Hicimos la ruta de la península, un excelente paseo aéreo con unas vistas sensacionales, y vuelta por abajo, con el premio de las focas tumbadas al sol en las rocas del camino. Una estaba literalmente en todo el medio, había que salirse del trazado para sortearla, pero antes nos quedamos un rato disfrutando de su presencia, hasta que se tiró tres pedos seguidos y soltó una masa rosada por el culo que empezó a apestar inmediatamente. Entonces seguimos marcha. Y vimos más focas, muchas más. El atardecer reflejado en la bahía fue otro de esos momentos que se te quedan en la retina como las imágenes que no olvidarás jamás de este país.


Queen Charlotte Track

 

Llegamos a los Marlborough Sounds con parada previa en la carretera para ver más focas con sus cachorros, y también algunos delfines. En el i-site de Picton nos buscaron el único alojamiento, que dio la casualidad de estar exactamente en Portage, el mismo lugar donde me recogió Don en su barco tres meses antes para llevarme a su casa en la isla en el fiordo, y el mismo lugar donde pasé tres horas haciendo autostop esperando a que alguien me recogiera para llevarme a Nelson. Muchos recuerdo, muy intensos. Seguramente los mejores que tengo de este viaje.
 
Hicimos un trocito de la Queen Charlotte Track esa misma tarde. Ruta en la que hay que pagar por atravesar terrenos privados. 12 dólares por barba y tienes barra libre durante cuatro días, puedes ir donde quieras, o 6 dólares para un solo día y una sola zona. Una vergüenza en mi opinión. Ponerle puertas al monte y cobrar por disfrutar la naturaleza, que es de todos. No nos cruzamos ni tres gatos en dos días, y mucho menos un guarda que nos pidiese el pase.

Es una ruta que viaja por lo alto de las montañas entre los fiordos. Suena a triunfada total, pero ese sector en concreto desde Portage iba tan metido en la vegetación que no se veía nada alrededor. Y cuando por fin se vio algo allí apareció mi isla, con su casa de tejado verde, aquel al que una vez estuve subido para desatascar los canalones. Demasiados recuerdos. Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Me sentí muy extraño. Este era mi lugar preferido de toda Nueva Zelanda, y quería compartirlo con Ruth. Pero aquel trocito, aquella isla, es solo mío. Fue mi primer autostop, fue una semana de mucha soledad proveniente de mi primera Navidad a solas, y no es compartible. No puede serlo, porque tiene demasiada historia.
Nuestro backpackers era en realidad una casa de dos habitaciones, con salón y cocina, y era genial. La primera noche había una chica suiza de no más de veinte años, que estaba viajando sola por Nueva Zelanda durante unos meses. Si es que en España somos retrasados. Retrasados y tercermundistas. Los alemanes y los franceses tienen working holiday visas ilimitadas, todo el que se quiera pirar un año de viaje y trabajar a la vez sencillamente tiene que solicitarlo y se lo dan. En España tenemos 200. Doscientas working holiday visa al año, en un país de 47 millones de tíos. Y nos extraña estar pidiendo dinero a Alemania para pagar las pensiones. Hay que escuchar hablar inglés a los holandeses, los noruegos, suecos, checos, alemanes. Somos paletos. Mentira. Nos hacen paletos. Paletos y borregos. Fáciles de pastorear.

Al día siguiente hicimos otro tramo de la Queen Charlotte, el que empieza en el Kenepuru Saddle, y esta vez sí fue una triunfada. Las vistas desde el mirador Eatwells son increíbles. A un lado el fiordo color azul marino por el que entra el ferry desde Wellington. Al otro el Kenepuru, de color cyan. Maravilla. Volvimos al coche con ganas de más, así que bajamos por el otro lado, atravesando jungla y terminando en una cala preciosa con un chiringuito en el que trabajaba una española, pero el kiwi que nos lo contó hablaba tan fatal que no le entendimos donde estaba ese día.
Esta vez eran unos australianos nuestros compis de piso. Un matrimonio de Perth que nos habló de los tiburones blancos de su país, bichos de 6 metros -¡¡6 metros!!- de largo y dos de circunferencia. Ojito. Little eye. Las focas son un snack para ellos y los surfistas un primer plato. Los australianos ya no estaban cuando nos levantamos por la mañana, toda la casita a nuestra disposición para disfrutar de un desayuno de lujo en un paraje brutal. Sigue siendo mi lugar preferido de Nueva Zelanda, del que nos despedimos visitando varias calitas tranquilísimas e incluso bañándonos en la última.