Mostrando entradas con la etiqueta 13. La salvaje West Coast. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 13. La salvaje West Coast. Mostrar todas las entradas

Océano, glaciares, lagos y montañas

Tenía dos días para llegar de Nelson a Queenstown. Doble autobús a precios de temporada alta que me llevaron a plantearme alquilar un coche por un poco más de dinero y, de hecho, a proceder. Unos 800 km que pueden hacerse por vía rápida por el lado derecho de la isla, o duplicar las horas al volante conduciendo por la costa oeste, con los Alpes de Nueva Zelanda a la izquierda y el embravecido mar de Tasmania a la derecha. No hay debate.


Cuando la carretera es el propio objetivo del viaje desaparece el cansancio que provocan los kilómetros. A pesar de la lluvia constante los paisajes son espectaculares. Bosques y desfiladeros primero, después la llegada al mar, luego los glaciares y, más tarde, el paso entre las montañas y los lagos.
En las Pancakes Rocks de Punakaiki me encontré a la pareja de alemanes de la ruta Abel Tasman y a una holandesa con la que había hecho amistad en Nelson, bautizada como Katinka von Russom, nada menos. Un contacto así le da glamour al móvil. En cualquier caso, pañuelo de mundo. Tras los saludos correspondientes una vuelta por estas curiosas formaciones rocosas, que me sorprendieron más de lo esperado, tal vez por la potencia con la que el mar rompía sobre ellas, como cañonazos contra las rocas.
Y a partir de ahí el deleite. Ya no podía dejar de parar casi en cada curva cuando empezaron a aparecer los picos nevados de los Alpes del Sur, escenario constante en El Señor de los Anillos. Por más que miraba al cielo no era capaz de ver la nube que descargaba tanta lluvia sobre mi coche, y al mezclarse con el imperante sol de la tarde creó un arcoíris tan nítido, tan completo, tan perfecto, que parecía que podías llegar al lugar donde se unía con la tierra, allí, a escasos cien metros de la carretera, y coger los siete colores con tus propias manos. No sé cuando salí del coche pero solo me di cuenta de que me estaba empapando cuando un hombre a caballo se paró a mi lado a comentar el espectáculo y hacerme notar que aquello bien valía un resfriado. A él y a su caballo también les daba igual mojarse, así que nos quedamos hablando -los tres- sin dejar de mirar hacia delante.


Con el sol oculto tras las montañas llegué a Franz Joseph, el pueblecito a los pies de uno de los glaciares, y encontré alojamiento sin demasiada dificultad. Antes había hecho un intento de pernocta en un B&B, donde todavía tienen las huellas de mis neumáticos al arrancar cuando me dijeron el precio.
Para la excursión tenía que elegir por falta de tiempo, y me decanté por el glaciar Fox. Media hora caminando hasta llegar al punto donde solo los que han pagado pueden acceder cerca del hielo, e incluso sobre él. Lo malo de haber estado en algunos sitios muy espectaculares es que cada vez eres menos impresionable. El glaciar Fox es bonito, e imagino que si puedes permitirte los 300 $ del helicóptero para subir a la cima debe ser algo memorable, pero después del Perito Moreno no creo que haya ningún glaciar en el mundo que me deje con la boca abierta otra vez. El glaciar Fox es grande, está bien, pero no tiene esos colores tan increíbles, no suena, no respira. No está vivo.


Muy cerca de allí se encuentra el lago Matheson, conocido también como el lago reflectante, donde puedes ver duplicado sobre la superficie el mítico Monte Cook, en uno de los tres días del año en los que el cielo debe de estar totalmente despejado en esta zona y no sopla el viento para mover la superficie del lago. No era ese el día en que yo fui, pero aun así el lago tiene un paseo que lo rodea bastante bonito. Pacífico, tranquilo y bonito.
Y desde ahí ya solo carretera, porque había quedado con mi nueva familia de Queenstown en llegar a su casa sobre las 8 de esa tarde. Viable, en teoría, por la hora y la distancia. Pero hay que contar con el factor Isla Sur, y en especial con el paso Haast. 100 km de paso de montaña por una carretera antológica que concluye en Wanaka con el lago del mismo nombre a la derecha y el lago Hawea a la izquierda.


Llegué tarde, por supuesto. En 100 km había hecho unas 30 paradas, 150 fotos, 300 blasfemias y unos cuantos memorandus al Altísimo y su divina inspiración en el día de la Creación.

La selva camboyana

Truman Track


En la zona de Punakaiki hay un par de excursiones interesantes. La primera es la Truman Track, un sendero corto entre bosque que desemboca en una playa salvaje, en la que no me hubiera atrevido a bañarme aunque hubiese hecho 50 grados. El mar hablaba, más bien rugía, y te dejaba claro lo que haría contigo si osabas invadirle. Mejor conformarse con el paseo por la arena, escalando un poco y escuchando la furia de las olas.




Poroari River Track


Muy espectacular. Sendero demasiado perfecto para un lugar tan selvático, parece que te encuentres en Camboya. La ruta sigue constantemente el curso del río, y de vez en cuando la vegetación se abre ligeramente para poder admirar los farallones entre los que te encuentras. Unos kayakistas descendían tranquilamente las mansas aguas, provocando nuestra envidia.
Son tres horas de ruta circular, aunque el final hay que desandarlo por la carretera. Después de una hora se nos hizo muy monótono el asunto, siempre encerrados entre la vegetación, y decidimos volver por donde habíamos venido.

Aoraki

El que engancha a las nubes. Nombre maorí del Monte Cook, la montaña más alta de Nueva Zelanda con 3.755 metros. La carretera que lleva hasta allí bordea el Lago Pukaki, seguramente el lago más bonito que he visto en mi vida, por el entorno en el que se encuentra precediendo a los gigantes nevados, y por su intenso color azul cian, un color irreal que parece de ciencia ficción. Tal era mi ansia por llegar que prescindí de hacer la compra por el camino posponiéndola para la tarde, sin pensar en que el diminuto pueblo en las faldas de las montañas no disponía de ningún supermercado. Tan solo hay un par de cafeterías a precios de lugar aislado del mundo, y después de comerme un sándwich de atún y queso seguía con el mismo agujero en el estómago, así que ni lo pensé. Ahora me avergüenzo de mi conducta irreverente. Me di una vuelta por las mesas vacías haciendo de coche escoba, y terminé servido con media porción de tarta y la mitad de otro sándwich. Como Carpanta.

Mi bólido de alquiler semigratis –solo pago la gasolina- se deslizó por la pista de tierra durante los 8 km que hay hasta el parking del glaciar Tasman, y después una ligera ascensión a pie.
Los glaciares agonizan. Están muriendo lentamente, y lo peor de todo es que la sensación que dan cuando los ves es exactamente esa. Se mueren. Excepto algunos de los argentinos todos los glaciares del planeta están retrocediendo, algunos a velocidades de vértigo.


El glaciar Tasman tenía una longitud de 85 km hace 40.00 años. Vale, eso es hace mucho, pero es que en 2011 medía 26 Km y hoy tan solo 24. Está retrocediendo a una media de 800 metros anuales. Apenas se ve, allá al fondo, moribundo, enterrado entre las rocas y la tierra que caen de las laderas de las montañas. Lo que más me impresionó de este lugar es lo bien que se visualiza su recorrido de antaño, el enorme agujero desierto de vida que un día fue su cuenca y que ha quedado perfectamente marcado con la retirada del hielo. Más de 700 metros de altitud de diferencia.
Me gusta pensar que son ciclos evolutivos en lugar de la perversa mano del hombre, por muy destructiva que sea, pero lo que parece seguro es que nuestros nietos solo podrán ver los glaciares en los hologramas de sus dispositivos portátiles de teletransporte. Mientras luego puedan mandar un whatsapp, qué más dá.

El que engancha a las nubes se había tomado el día libre de su nombre y se mostraba hoy en todo su esplendor. Eran tan solo las 6 de la tarde y el sol le pegaba de lleno en su cara oeste, a la que se accede por la ruta más famosa del parque, la Hooker Valley Track. Mi idea era hacerla al día siguiente para poder disfrutarla tranquilamente, pero aquella tarde tan espléndida merecía al menos una aproximación y unas cuantas fotos. Llegué hasta el inicio de la ruta como si de verdad me creyese eso que estaba pensando. Aproximación y unas fotillos. Ajá.
Allí estaba el cartel, 3 horas ida y vuelta. Si no hago paradas puedo regresar antes de que se haga totalmente de noche. Pero no tengo agua. Hmmm. Y de repente mis botas estaban andando solas, y yo intentando pararlas, pero ya estábamos llegando al primero de los puentes colgantes, y no hubo marcha atrás.


El punto fuerte del sendero es que siempre vas viendo de frente el magnífico Monte Cook, como una pirámide perfecta con su último tercio blanco inmaculado. Como ruta no es gran cosa, un camino facilísimo sin desnivel alguno y perfectamente marcado. Lo bueno de hacerla tan tarde es que estaba prácticamente solo, y cuando llegué al lago que forma el glaciar en la falda del Aoraki pude disfrutar tanto de la vista como del silencio.

Llegué al coche con las últimas tinieblas, pensando en qué rincón de mi equipaje podría tener algún reducto de comida para la cena. Había tres chicas chinas en mi habitación, tan concentradas en sus teléfonos móviles que ni levantaron la vista cuando entré. Probé con hello y también con ni hao, pero ni caso. Finalmente encontré un poco de arroz y unas verduras deshidratadas y cené tan feliz viendo el Federer-Murray en la pantalla gigante del backpackers, bajo la atenta mirada de las montañas más altas de Nueva Zelanda.

Pandora


Había dos autostopistas en la primera curva de la carretera. No era el mejor momento ni lugar, porque es un trayecto entre montañas y lagos donde me gustaría ir parando docenas de veces y haciendo centenares de fotos. Pero me vi en la obligación moral de recogerlos. Parejita de la República Checa, mochileros, diez meses vagando por Nueva Zelanda. Les dejé a medio camino de Christchurch, en la iglesia Good Shepherd, a orillas del lago Tekapo. 


Yo me fui a hacer la anhelada compra y me zampé unos platanitos con galletas que en aquel momento se me antojaron ambrosía, allí sentado en una roca del lago más azul que debe haber en el universo, del mismo color de un cielo sin nubes. Después subí a la colina del observatorio, desde donde se puede admirar todo el escenario en conjunto, las montañas nevadas al fondo y el contraste entre el lago Alexandra, del color azul lago del planeta Tierra, y el Tekapo, de color azul cian lago de Pandora.


Huyendo como siempre de las vías principales descubrí por casualidad la ruta 72, que conduce a Christchurch por una carretera panorámica. Fue un gran acierto, la carretera es rápida y bonita, muy neozelandesa, entre montañas y bosques, entre campos verdes y amarillos llenos de vacas y ovejas. Y de repente cruzas un río pandoriano, de ese color azul cielo otra vez. ¡Un río! No un lago de agua concentrada, es un río cuyo cauce se pierde en el horizonte, siempre del mismo color. Sólo he visto una cosa semejante en la Blue Lagoon y la Caldera Viti, en Islandia, pero ambas eran concentraciones de agua estancada, sin salida. Esto es un caudal que fluye durante kilómetros. Sensacional.


Bien avanzada la tarde llegué a Christchurch, la ciudad más importante de la Isla Sur y la tercera del país. Tres brutales terremotos en 2011 dejaron centenares de muertos y un estado de destrucción casi total. Parece que haya sido la semana pasada. Todo el centro está demolido, las calles cortadas, la mitad de los edificios en ruinas. Tenía un mapa general de los backpackers, pero cuando llegué al primero ni siquiera existía. Sólo quedaba un edificio abandonado en toda una manzana llena de escombros. Con el segundo fue igual, y como es imposible circular con normalidad resulta muy difícil llegar a los sitios. Finalmente encontré uno en pie y en activo, pero claro, estaba completo. El siguiente también, y desde allí me mandaron a la zona del puerto, muy alejada de la ciudad, donde al fin tenían disponibilidad para esa noche.