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Driving in New Zealand

Malditos ingleses. Pesan en libras , miden las distancias en millas, los espacios en acres -¿quién c… sabe cuánto es un acre?-, escriben dos oes seguidas y pronuncian una u, y comen ¡judías! para desayunar. Podían haberse quedado tranquilitos en su isla, pero les dio por salir a ver mundo, y después les dio por conquistarlo con sus barquitos, y ahora los australianos juegan al fútbol con las manos y un melón, y los partidos terminan con tanteos de 200-178. Y, por supuesto, conducen por el otro lado.
Encontré una web en internet que te deja gratis un coche y un depósito de gasolina si lo trasladas de una ciudad a otra en dos días. Pedí uno y lo recogí en el aeropuerto de Palmerston North, un bólido rojo con el volante a la derecha, claro. Salí con la concentración a tope para mantenerme en el carril izquierdo, especialmente en la ciudad, donde los cruces te hacen pensar un momento hacia dónde tienes que ir. Una vez en carretera es mucho más fácil, palanca de cambios en la mano izquierda y media docena de veces que pones el limpiaparabrisas en lugar del intermitente. Te repites lo gilipollas que eres y adelante.


Me dirigí al oeste por la carretera de los surfistas, llamada así por la cantidad de playas con gran oleaje que hay en la costa que circunvala al monte Taranaki. El paisaje es totalmente plano y verde, salvo por una única montaña que se eleva poderosa con su cima nevada. Es el volcán Taranaki, hermano neozelandés del Kilimanjaro, con algún detalle diferente, como que éste no mide 6000 metros y en su base hay vacas y ovejas en lugar de leones y elefantes. Pero por lo demás, igualito. Además, el Taranaki está rodeado por el mar de Tasmania, puntazo a su favor.
Un paisaje precioso que lleva hasta New Plymouth, una pequeña localidad en la costa olvidada por ese apresurado turismo que trata de concentrar toda Nueva Zelanda en tres semanas, y que vale la pena una excursión. Me instalé en el primer backpackers que encontré y pedí una de las bicicletas que ofrecían para los huéspedes. Era la peor bici del mundo, pero me llevó rodando por el paseo de la costa hasta las afueras de la ciudad al atardecer, con el mar a un lado y el volcán al otro. 


Mientras pelaba patatas para la ensalada de la cena me enzarcé a hablar de fútbol con un chaval danés y perdí la perspectiva de las cantidades culinarias. Ofuscado como estaba en hacerle entender que no se puede ser danés, del Liverpool y del Barça a la vez, se me fue la mano y me tuve que desayunar la mitad de la descomunal ensalada que me había hecho la noche anterior. Menos mal que no me dio por cocinar un potaje. Tras el desayuno tempranero carretera de nuevo hacia el aeropuerto de Auckland, donde tenía que devolver el coche por la tarde, con una paradita a medio camino en las afamadas cuevas de Waitomo.
Cuando hice espeleología en las cuevas de Nerja tenía que haber cerrado el capítulo de visitas a cuevas, pero sigo palmando una y otra vez. Nada va a superar aquella experiencia, y en cada nueva gruta en la que me adentro vuelvo a ver la misma sala de la catedral, la misma roca elefante y me vuelven a contar cómo la gota de agua tarda un siglo en formar una estalactita. Me metí en las Waitomo Caves por la curiosidad de que tienen unos bichos luminiscentes en el techo, y después de la manida teoría espeleológica por fin nos subimos a la barca que recorría el tramo luminoso por un río dentro de la cueva. Como el típico techo de la habitación de las chicas, que han pegado estrellitas para que brille de noche. En este caso son larvas de insectos, y las propias hembras de esos insectos, que se iluminan para atraer a los machos. Está curioso, pero vamos, que no vale los 30 eurazos que te cascan por la entrada básica. También hay varios tours y combos con canyoning, rafting y otras cuevas, y por lo que me han contado, caros y farsa total. A Dios pongo por testigo que esta ha sido mi última cueva sin una linterna y un casco.

Playas del noreste

Según dejé el coche me cogí un bus a Tauranga, al sur de la península de Coromandel, uno de los destinos preferidos de los neozelandeses para las vacaciones de verano por sus playas y su clima, habitualmente soleado.
El backpackers era muy chulo, pegado al mar y con una terraza genial, pero había un ambiente extraño, diferente al de otros en los que he estado. Normalmente no has soltado la mochila y ya te estás presentando a alguien, te preguntan tu nombre y procedencia, es como un protocolo de bienvenida. Sin embargo aquí había un rollo de grupitos cerrados, y durante la cena escuché más alemán y francés que inglés.
Por la mañana me dediqué a leer un rato mientras la gente iba y venía por la cocina y el comedor y ya fui captando el asunto. Son un grupo de 10 o 12 franceses y otros tantos alemanes que deben estar viviendo aquí mientras trabajan por la zona. Hay carteles en los pasillos que ofrecen trabajo a través del backpackers a condición de que te quedes alojado. Parecen majos, pero andan juntos por nacionalidades hablando en su idioma, lo cual los hace bastante inaccesibles. Deben llevar bastante tiempo aquí, y de hecho hay tres o cuatro parejitas que no creo que vengan prefabricadas de Nuremberg y Toulousse.


Por la tarde dejó de llover y volví a tomar una bici prestada para rodar hasta Mount Maunganui, una lengua de tierra con una preciosa playa interminable y un peñón verde al final con vistas espectaculares. Estando en la cima me llegó un mensaje de unos españoles a los que aún no conocía en persona, y quedamos en vernos en la playa, en la zona de los surfistas. Pedaleé hasta allí y por fin conocí a Deo y Pablo, amigos de un amigo de la facultad, que llevan ya 13 meses con su furgoneta por Nueva Zelanda. Mi máxima prioridad es aprender inglés, practicarlo lo más posible, pero hablar en español -con personas que no sean tú mismo o los animales de las granjas- cuando llevas semanas sin hacerlo, es como una liberación para el espíritu. Lo necesitaba, después volví al guetto germano-francés mucho más relajado.


La ruta de Waihi Beach


Al día siguiente cogí otro coche gratis en el aeropuerto de Tauranga, con intención de recorrer en un par de días la península de Coromandel. Hacía un día de pena, estaba lloviendo, pero aquí el tiempo cambia rápidamente, puedes tener las cuatro estaciones en un mismo día.
Me gustó un desvío hacia Waihi Beach, sonaba bien, y me metí a echar un vistazo. Salí del coche y a los 10 metros me di cuenta de que me había dejado las luces encendidas. Bah, si es un paseíto por la orilla y me vuelvo en seguida. Al llegar al final de la playa empezaba una ruta que parecía que conectaba varias bahías, bordeando la costa. Estaba a 100 metros del coche, podía haber cogido la mochila, las botas de trekking, en fin, un poco de preparación básica, pero pensé: bah, me hago un trocito y en un rato estoy de vuelta. ¿Porqué? Porque soy gilipollas. Y se me fue de las manos, como siempre.
Nada más empezar la senda se adentra en la selva. Va serpenteando entre la vegetación y de vez en cuando sale al borde del acantilado y continúa por una cornisa de medio metro de ancho, con el mar rugiendo a tus pies. Vuelve a meterse en la selva, sale a una cala, y después de una buena caminata llegas a una playa casi paradisíaca, con todos esos árboles de flores rojas en la misma arena, marcando el límite entre la playa y la selva. Orokawa Bay, una preciosidad, casi paradisíaca porque es relativamente accesible, a tan solo una hora de marcha, y hay algunas personas por allí que te roban el rol de Adán en el paraíso. 


Un cartel indicaba la posibilidad de llegar hasta Homunga Bay, a hora y media desde allí. Estaba saliendo el sol, apretaba el calor y ya echaba de menos la cantimplora que habría traído en la mochila. Pero si no iba ahora, ¿cuándo iba a ir? Esta ruta era preciosa, el día había cambiado y los colores brillaban con el sol. Seguí adelante, en la misma dinámica de selva, acantilado, cala, y al final, esta vez sí, el paraíso. La misma playa, los mismos árboles rojos cayendo casi en la orilla, y nadie más que yo por allí. Me sentía como Cienfuegos en sus playas del Caribe, y tenía tanto calor que ya desde las alturas estaba gozando el baño que me iba a pegar. Solo pude entrar y salir del agua porque el Pacífico venía cabreado de las Islas Fiyi, y rompía con una fuerza descomunal que te arrastraba mar adentro. Me quedé un rato por allí, paseando por la playa, disfrutando de la soledad que otras veces es tan amarga, pero que en este momento me hacía sentirme un privilegiado.
Llegué al coche 6 horas después de haberlo aparcado, con una sed que me bebía el agua del mar, pero realmente contento por haber encontrado esta ruta desconocida, que hasta ahora ha sido lo mejor que he hecho en Nueva Zelanda a nivel naturaleza.

Coromandel

Había pensado en llegar hasta Whitianga y dormir por allí. Eran las 6 de la tarde y me quedaban unos 30 km cuando pasé por un sitio que me dio muy buen rollo, así que decidí quedarme. Estaba en Tairua, en la desembocadura de un enorme río rodeado de playas y montañas bajas. Me instalé en el primer alojamiento que encontré –todos los backpackers rondan los 20€ por noche- y subí al monte más alto a contemplar las vistas, sencillamente abrumadoras.
De las tres playas que se divisaban elegí una y me fui a pasear mientras durase la luz del día, un día lleno de sorpresas, y todavía quedaba una más.

En el backpackers me esperaban dos españoles, Aurora y Sergio, madrileños, deseosos como yo de contactar con otros españoles. Los alemanes están por todas partes, son pesadísimos, pero cuando te encuentras a un español es una gran alegría, porque se ven muy pocos. Me invitaron a una cerveza, y nos pasamos toda la noche de charla, intercambiamos anécdotas, consejos y teléfonos, y seguro que volvemos a encontrarnos de nuevo, tal vez en la Isla Sur.


La playa de “Las crónicas de Narnia”

 

El ciclón que ha arrasado Samoa estaba dando sus últimos coletazos por aquí. Hacía un día de perros, y me tocaba madrugar porque quería ir a un par de playas accesibles solo con marea baja.
 
Hot Water Beach es la farsa que me esperaba. Se trata de una zona de actividad geotérmica, y en teoría se puede sentir el calor a muy poca profundidad, cavando un hoyo en la arena. Allí estaban todos los guiris con su pala alquilada, haciendo agujeros en el suelo, tratando de fabricarse su propio jacuzzi en la orilla del mar. Lo hacían tan cerca del agua que en cuanto venía una ola grande se llevaba por delante todos los hoyos. Le pregunté a un par de cavadores cómo iba la cosa y ambos respondieron con bastante frustración que aquello no funcionaba, aunque me han garantizado que funciona siempre, pero hay que buscar bien. Empezó a llover con fuerza y allí se quedaron dejando la playa como un queso gruyere, y yo me largué a ver si por el camino dejaba de caer agua y podía ir al siguiente sitio de las postales.

Estaba claro que tres de las cuatro estaciones estaban hoy de vacaciones, no había ni un hueco azul entre las nubes, y seguía lloviendo en diagonal, a rachas fuerte y a rachas el horizonte se volvía invisible tras la cortina de agua. Como parecía que no iba a cambiar, me adentré en el sendero que en media hora te conduce a la Cathedral Cove, localización de algunas escenas de Las crónicas de Narnia.



Este sitio me encantó, por muy turístico y conocido que sea es un lugar al que hay que ir. Se trata de dos pequeñas playas al pie de un acantilado, llenas de vegetación, conectadas entre sí por una cueva gigantesca. No me extraña que lo escogiesen como el túnel que transportaba a los niños de vuelta a Narnia en la película, aunque seguramente rodarían en un día más soleado. 
Con semejante temporal decidí dar la vuelta a la península en coche. Bajé por la costa oeste, por la carretera que une Coromandel Town con Thames, 50 km rodando a dos metros del mar, un camino para deleitarse al volante.
Un par de horas después devolvía mi segundo bólido en el aeropuerto de Auckland, después de 1000 km en solitario conduciendo por el carril izquierdo de las carreteras neozelandesas.